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HAVANA TIMES – En Cuba cada historia tiene siempre un telón de fondo, es decir, tanto en su infraestructura física y sus sistemas, como en los mercados. Lo que era de una manera ayer, al día siguiente puede ser todo lo contrario. Con eso en mente, y debido a que muchas personas me dijeron que el tren eléctrico NO es el camino a seguir, porque probablemente nunca llegue allí, me encontraba en la búsqueda del legado dejado por Hershey. Y dónde está la diversión de viajar, si no hay un pequeño fallo en espera de que te enganches. Bueno, el mío no estaba muy lejos y comenzó desde el principio. “El tren eléctrico es muy poco confiable”, el “horario es errático”, y “el viejo siempre se rompe”, fueron las desventajas mencionadas con mayor frecuencia si tomaba el tren. Pero este tren, al menos sus rieles, fueron colocados antes de la Revolución por una compañía con la que ha crecido toda persona nacida en América del Norte, The Hershey Chocolate Company. ¿Cómo sería acampar sin S’mores y sin chocolates con formas cuadradas que encajan y se ajustan tan bien entre las galletas crujientes y los malvaviscos pegajosos? Por supuesto, existe la opción de alquilar simplemente un carro privado que te llevará por ahí por la carretera, pero como el único tren eléctrico y único con un legado, el viaje es más importante que el destino. Viendo el chasis de un taxi que es una combinación de piezas y accesorios de un automóvil, e incluso con frecuencia motores de barco son usados como motores, me decidí por el tren de la mañana temprano, que se suponía debía salir a las 8:30 de la mañana. El taxista repitió lo mismo que el resto, sugiriendo que yo ni siquiera llegaría a la ciudad de Hershey, mucho menos regresar. Con cada nueva opinión parecía que este tren incluso puede no existir. Condujimos rumbo al túnel que lleva hacia el otro lado de la bahía de La Habana. El tren parte desde la comunidad de Casablanca. Cuando llegas a la estación de trenes tienes tu primer vistazo de los carriles, las líneas eléctricas y los coches que están listos para salir. El taxista dijo, “ya verás si saldrá hoy.” Él estaba casi seguro de que iba a ganarse un par de dólares más al llevarme de vuelta al lado apropiado de la bahía. Con actitud positiva me aproximé a la taquilla y mientras lo hacía, las uñas postizas de la empleada daban golpecitos en el mostrador. Pregunté por el tren de las ocho y 30 de la mañana, y apuntando arriba, hacia la tabla de horarios de salidas y entradas me dijo que ese tren ya no existe. Me levanté muy temprano en la mañana para coger el primer tren, y este fue cancelado. El próximo saldría en cuatro horas, y eso significaba que mi visita, si se daba en todo caso, sería bajo el sol abrasador. Le pedí a la taquillera un ticket para el próximo tren de las 12:30 meridiano y me miró como si estuviera loco. Dijo que solo podría dármelo cuando yo regresara, pero no tenía ni la más mínima idea de cuántas personas podría estar en el próximo tren. Por su expresión no serían muchos, pero qué diablos iba a saber yo, y la información que pude conseguir fue escasa. Le dije: “Hasta luego”, entonces ella hizo una mueca con su nariz como pensando este loco quiere montar este tren roto que está en pésimas condiciones. Me dirigí de vuelta al museo de la Revolución, pues ese era el sitio más cercano de los que todavía no había chequeado en mi lista. Conseguir una historia “oficial” de otra perspectiva de la historia es siempre esclarecedor, tanto sobre el lugar en el que te encuentras y el lugar de donde vienes. Hay tantos niveles de la historia y cuáles salen a la superficie de manera más predominante que otros es muy importante. En Cuba la revolución era y, hasta cierto punto, todavía lo es todo. Por eso, acceder a una parte de la historia antes de entrar en las pistas pre-revolucionarias y de las compañías de los antiguos centrales me daría un poco de contexto. Vale la pena visitar el museo, donde un busto de Lincoln ocupa un lugar prominente en el balcón de la escalera interior de la sala central. Una soda y un bocadito de perro caliente, adquirido en un puesto en las afueras del museo, fue una comida barata antes de entrar en un Lada ruso en mi camino de vuelta a la estación ferroviaria. Todavía tenía que seguir matando el tiempo y la temperatura estaba cada vez más calurosa, así que fui a la tienda de la localidad para conseguir un poco de agua para el viaje en tren que me esperaba. Y a pesar de los dos hombres sentados allí y los otros cubanos que trataban de comprar algo para su viaje, se negaron a vender. Abrieron la puerta en más de una ocasión y dijeron, estamos cerrados. Y eso fue todo, encendieron sus cigarrillos y estaban cerrados. Bueno, como una pequeña advertencia, no hay otra tienda a una distancia que se pueda ir caminando y donde se pueda conseguir una botella de agua o un refresco en la Casablanca de La Habana. Acabé tocando a un par de puertas y pregunté si me podían brindarme un poco de agua. Ellos toman agua del grifo, la cual mantienen fresca en la nevera. Desde entonces, mientras estuve en Cuba bebí agua del grifo, y nunca he tenido problema alguno. Era la hora de salida del tren y muy emocionada encuentro un asiento posicionado en la misma dirección del viaje. Me siento en un coche que tiene un par de ancianos cubanos, uno inclinado en la ventanilla terminando su cigarrillo. Pensé que ellos podrían ser objeto de una buena fotografía de este histórico paseo. Ahora entiendo por qué el taquillero negaba con la cabeza hacia mí. Los asientos de metal con listones de madera en el fondo y en el espaldar no estaban siquiera cerca de estar completos. Y dado que incluso no todos los asientos tenían respaldos, no creo que se llenen con mucha frecuencia. Eso podría cambiar pronto con el cambiante ambiente político. El tren de las 12:30 parte y entonces se rompe, a solo 100 metros de la salida. Esa distancia era el doble del tamaño del tren y era todo lo que tenía. Los asientos son lo que usted podría imaginar; fueran usados por los guardias de la prisión en la década de 1950, y los boletos son mil por ciento el costo para los extranjeros en comparación con lo que pagan los cubanos. Así que en realidad acabó con mi estipendio diario haciendo un hueco de 50 dólares en mi bolsillo. En unos minutos los ingenieros habían conseguido dar marcha atrás y el tren estaba rodando otra vez. Un ferromozo me pidió que lo siguiera al frente para tomar mejores fotos. No tenía idea de que quería decir, en realidad, en el interior de la cabina de los conductores. Un hombre fuerte, con cabeza calva y brillante era el capitán del tren, y con las dos puertas abiertas a ambos lados él tenía el asiento más fresco de todo el medio de transporte. Un hombre sociable y curioso también, caímos en algo en lo cual los cubanos son muy buenos, conversaciones intelectuales y estimulantes. El tren era de Barcelona, dijo. Sí tenía el idioma catalán y según él fue importado a finales de los 90. El original era estadounidense, dijo mientras explicaba su comprensión del tren de Hershey y la historia de Cuba. Había conducido el tren durante 15 años. Hablamos de política, los Estados Unidos y su empresa azucarera, después de cómo Rusia apoyó la refinería de azúcar. Rusia pagó muy buenos precios por el azúcar cubano, se lamentó. El tren se mueve con mil 200 V y propone que el “juego se acabe” si toca las líneas eléctricas. Al doblar una esquina haló la bocina del tren. Pregunté si podría hacer eso. Él sonrió, se levantó de la silla mientras seguimos rodando por los campos de Cuba y dijo, claro que tú puedes manejar. Me acomodo en el asiento del conductor y le doy un gran pitazo al tren. Le entregué mi cámara y lo dejó fotografiarme orgullosamente sentado en su lugar. Honestamente, no hice mucho más que hacer sonar el silbato del tren, pero, además, de todos modos probablemente no debería estar caricaturizando y oprimiendo las perillas y botones en un tren, especialmente uno con una reputación oxidada. Un apretón de manos, un saludo amable de mi parte y estaba de regreso en mi sillón. En algún momento, mientras conducía el tren, una bonita pareja de ancianos se sentó en los asientos opuestos al mío. Hubo más conversación relacionada con los Estados Unidos, la URSS, Cuba y el azúcar. Más que eso, me informaron que en realidad todavía yo podía caminar alrededor de la fábrica. El paseo de una hora se convirtió en uno de más de dos, y el longevo caballero, que vivía a una hora de camino más lejos que d