http://www.havanatimes.org/?p=113463

the article in Spanish is in full below:

Charismatic public life of Havana outweighs the hype of consumer individualism in US cities.

By branson Quenzer

There is nothing new about knowing that the rhythms of Cuba’s music are distinct and fantastic. They are played nightly for tourists, but what many visitors to Cuba miss are the local sounds of the neighborhoods, and it is on the streets where the real pulse of Havana can be found. Music is free to the ‘barrios’ of Havana’s many enthusiastic residents, and song and dance spill into the streets engaging the neighborhood in a chorus of evening activity.


La carismática vida pública de La Habana


agosto 23, 2015


Mejor que el individualismo consumista de ciudades estadounidenses


Fotorreportaje de BRANSON QUENZER, lector de HT

HAVANA TIMES — No hay nada nuevo en saber que los ritmos de la música cubana son distintos y fantásticos. Ellos son escuchados todas las noches por los turistas, pero lo que no logran conocer muchos de los visitantes son los sonidos locales de los barrios, y es en las calles donde se puede encontrar el pulso real de La Habana.
La música es libre para los entusiastas residentes de los “barrios” habaneros, y el canto y la danza se difunden por las calles, haciendo partícipe al vecindario de un coro de actividad vespertino.
Los días de música pública en los Estados Unidos han desaparecido prácticamente. Las bocinas han sido sustituidas por los auriculares; las puertas y las ventanas se mantienen cerradas y aseguradas, porque las personas sienten desconfianza de los extraños, y las regulaciones relacionadas con los ruidos locales han eliminado todo tipo de evento espontáneo.
El resultado es un ciudadano introvertido que carga su día solo, posiblemente con música, pero sin saber cómo y ni siquiera ver cómo esta se crea.
En los días más calurosos, cuando el aire de La Habana apenas ofrece alguna brisa, los vecinos, con frecuencia, se limitan a dejar que la explosión de los tonos estéreos musicales salga de los balcones con las persianas abiertas, mientras se relajan y suplican que llegue algo de viento proveniente del Caribe para refrescar el ambiente.
Los sentimientos de los cubanos reverberan entre los edificios y los muchachos del barrio, con más resistencia para el sofocante verano, se reúnen y juegan a las bolas o al béisbol, como si estuvieran en un video de música popular.

Estados Unidos se ha vuelto sordo y ha enmudecido a la cultura pública. Las ciudades estadounidenses están llenas de personas que trabajan hasta morir y se cierran al mundo que les rodea usando dispositivos de medios portátiles, ya sea para desconectar o para conectarse a un videojuego que adormece la mente por dos centavos.
Los mercados de La Habana son una orquesta de colores más vibrante visualmente, con sonidos un poco más caóticos. Todavía las frutas se pesan a mano y los precios cambian y fluctúan requiriendo que los compradores interactúen con el producto y el vendedor.
Hay una sensación de vitalidad en las áreas del mercado, donde se apilan, clasifican y muestran las frutas y las verduras… los vendedores de café expreso a un peso en moneda nacional echan raíces en la periferia del mercado, dando a clientes y vendedores por igual un sorbo de cafeína para mantener al mercado activo, incluso durante el caluroso verano.
Los ‘súper’ mercados han reemplazado a los mercados locales en todo los Estados Unidos. Ahora, hay incluso súper súper mercados que venden equipos electrodomésticos junto a fertilizantes para césped al aire libre, al lado de las frutas y los vegetales.
Estos masivos almacenes abarrotados tienen millones de nombres de marcas de bienes de consumo que realmente nadie necesita, pero, por alguna razón, la mayoría de las personas se ven obligadas a comprar. Cualquiera que trabaje allí estará apilando artículos en silencio y escaneando los códigos de barras en una tienda uniforme, que es exactamente igual a la de al lado.
Pero en La Habana, carros de granizado son empujados a lo largo de los mercados, mientras gotean hielo derretido bajo la sombra de un paraguas que proporciona aún más color y frescor al lugar. Y si usted está de humor para un aperitivo, puede comprar churros, maníes o palomitas de maíz que son envueltos en un papel de forma cónica, no solo para mantener los alimentos en la mente, sino en la barriga de los habaneros.
Eso sin mencionar las sonrisas, las bromas y las historias que los bulliciosos vendedores cuentan gozosamente para mantener a todo el mercado bien vivo y equipado no solo con producción, sino también con risa.

Por supuesto que están en su puesto de trabajo, pero desde cuándo trabajar significa que vivir la vida tiene que terminar. Por el contrario, los mercados habaneros son lugares para comerciar tanto los bienes, como las particularidades de la cultura cubana.
En una cultura que muestra la individualidad ideológica como lo hace Estados Unidos, el individuo, sin duda, se pierde en las paredes de la marca comercial. Los compradores sonríen torpemente unos a otros a medida que pasan empujando sus carritos de compras de gran tamaño. La tienda es impregnada por un aura de incómodo silencio, el cual los propietarios empresariales tratan de anular al poner en los parlantes a las 50 canciones más populares del momento. Esto no funciona, pues los estadounidenses gastan todo hasta endeudarse.
La mayoría de los laicos han tomado conciencia durante las últimas décadas de que la retórica hiperbólica brinda más entretenimiento que la realidad política. Esto es cada vez menos autorizado y, espero, menos tolerado. Y lo que viene del discurso en el cada vez más pequeño mundo en el cual vivimos es la constatación de que las personas comunes son más similares que diferentes. Esperemos que Estados Unidos no exporte más su cultura de consumo y comience a aprender de las calles carismáticas de La Habana.
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